13 septiembre, 2010

Premio Bienal de artes plásticas y visuales de Bogotá



Si bien la Alzate sigue haciendo un esfuerzo sobrehumano por encargarse del cronograma y las actividades ligadas a las artes que con tanta sutileza le legó el distrito, es claro que no parece dar abasto. Y esto se nota especialmente por la falta de difusión y propaganda, por ejemplo, de un evento que reemplaza al casi eterno Salón del fuego, y que brinda, después del Luis caballero, el premio más jugoso del circuito nacional. Hablo del recién instaurado Premio Bienal de Artes plásticas y visuales de Bogotá, que intenta brindarle un merecido espacio a las generaciones intermedias, que de acuerdo a todas las opiniones, parecen haberse quedado en un limbo institucional. Sí. Hablo de mi generación, esa que tiene más de diez años de experiencia y que siento, han sido los grandes damnificados del curso de la gestión cultural en Colombia. Una generación que probablemente por falta de apoyo o una bipolaridad conceptual fruto de la evolución de las artes, se ha visto a gatas para lograr una proyección más allá de lo local.
Para esta primera ocasión se repiten una serie de nombres bien conocidos y quienes presentaron ya no obras, sino proyectos, que en ciertas ocasiones, no son más que otro nombre dado a una serie de trabajos.
Desde mi punto de vista las obras más concretas y contundentes, curiosamente del mismo género, con intenciones similares, pero tratadas totalmente distinto, son, por un lado, un video que muestra como una mujer, asumo yo la artista, besuquea de forma terca y apasionada a un inerte Bolívar en bronce que a pesar del acto de fe, no parece inmutarse en lo más mínimo. Y por el otro lado, un sugerente tocador rojo en cuyo espejo, varios lápices labiales parecen, por el ángulo y el tratamiento audiovisual, hacerle literalmente el amor a una boca. Mensajes directos, sensaciones puntuales que se transmiten de forma adecuada y sin aspavientos.
Me sorprendió también para bien saber que Franklin Aguirre aún continúa haciendo, reciclando y re-interpretando imágenes, con tan buena fortuna que no cae en ese lugar común en el que se ubican decenas de pintores jóvenes que insisten en la muy obvia apropiación. Al contrario retoma imágenes poco conocidas pero universales –probablemente de su banco de imágenes mentales- y que por el tratamiento de color y su manera de ser expuestas lucen frescas, renovadas y listas para consumir, disfrutar y desechar. Obsesión constante de Aguirre.
Aunque Johanna Calle sigue siendo escalofriantemente repetitiva, su trabajo, una y otra vez es efectivo, sobrio y grato de ver. Parece que esa comodidad funciona y da garantías al espectador. En este caso un índice, un atisbo de diagramación que habla de dibujo y tipografías sin necesidad de usar ninguno de los dos elementos.
Caso contrario es el de Maria Elvira Escallón quien es una aventurera por naturaleza y como tal se ha destacado con obras magníficas. Lamentablemente este no parece ser el caso, en un registro fotográfico soso y poco crítico, de un hecho macabro –la bomba de El Nogal- acompañado de un video-ambiente totalmente injustificado. Es una imagen sin movimiento que por más de que uno se esfuerce no logra introducir al visitante en el angustioso y lúgubre ambiente del fatal siniestro. Tampoco me convence el trabajo de Rodrigo Echeverry, anteriormente dispuesto en la sede centro del Colombo, quien por fuera de su interés pictórico –altamente visual y estético y no tan crítico como el quisiera- siento que se siente incómodo y no logra ser contundente. Se sienten más como excusas, experimentos y ejercicios que como obras y enunciados pertinentes. La idea de jugar con los metros es, sin embargo, interesante.
Aparte de estos casos concretos los trabajos están en un nivel medio y en un nivel local aceptable. Plotter de corte para hablar de consumismo, autoretratos con diversos disfraces para hablar de identidad, troncos/escaleras débiles, rejas con adornos, ejercicios de cartografía de la violencia, etc, son los ‘proyectos’ que completan la muestra, cuyo rumbo y destino sólo lo trazará el tiempo. Por ahora este grupo de valientes artistas tiene la difícil tarea de inaugurar el experimento y abrirle el boscoso camino a las generaciones más jóvenes. El sacrificio ya parece estar hecho.

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