15 junio, 2009

No más chicha.



Eran las tres de la tarde de un sábado más. Había almorzado en familia con mis dos hijos, mi esposo y una prima que había llegado hacía un par de noches de Buenos aires. Nos sentamos a la mesa a comer desprevenidamente mientras nos contamos una enorme cantidad de anécdotas y recuerdos de infancia. Es extraño pensar en el paso del tiempo. Es tan inconsciente, tan fugaz e impredecible que de pronto te encuentras en una vida que tal vez soñaste, o no, pero igual, sin mucha oportunidad de dar vuelta atrás.

Convencí a mi marido y a Mariana de ir a visitar la muestra de la Galería AL cuadrado. Tuve obviamente que explicarles rápidamente porqué se hacía en la zona industrial y en que consistía la propuesta curatorial itinerante de Juan Gallo y Gloria Saldarriaga.

El arrivo a una zona que no se frecuenta cotidianamente siempre se presenta como una experiencia bizarra, a veces gratificante, a veces deprimente. En este caso no fue ni lo uno ni lo otro. Sólo seguimos las indicaciones hasta llegar a un enorme parqueadero poblado de una veintena de automóviles, una olvidada edificación con cuatro torres que apuntaban hacia el cielo y otras deterioradas ruinas de fábrica.

A pesar de llegar un tanto tarde aún había gente. Siempre esa mezcla entre parejas recién casadas provenientes de familias pudientes, los jóvenes desgarbados y una que otra persona de edad. Todos mimetizados con artistas, curadores y personalidades del medio. Nos escabullimos astutamente para evitar los saludos forzados y las charlas innecesarias de menos de diez segundos.

En principio la propuesta de Beatriz López, curadora invitada, se diluye un poco ante lo demasiado laberíntico de esta construcción moderna que aunque estaba justificada confundía un poco, por lo oscuro del recinto y la poca información que se tiene al llegar. Como zombies en puntitas fuimos recorriendo los diferentes espacios que se nos presentaban en las tinieblas. En total cuatro fondos de chimenea y una gruta eran las salas por explorar. Lamentablemente nos perdimos el performance de Maria José Arjona.

Por su parte Jaime ávila recreaba una escena que me remitió a esos tiempos infames de trabajo en las minas descritos mejor que nadie por Emile Zola en su obra maestra Germinal. Unos muñequillos colgando y haciendo el trabajo sucio con que nació la modernidad. La manufactura de las piezas me resultó demasiado ingenua para la magnitud o estatus del artista. La idea es interesante, comunica y habla pero el trabajo plástico se queda supremamente corto.



El bar recreado por León de la Parra (noa noa) carece de imaginación. Se queda en la representación tridimensional de un bar clásico similar al Caney del Tamarindo pero sin ningún tipo de mirada crítica al respecto o adecuación para generar una lectura más allá de la anécdota. Aunque a mi esposo se le iluminaron los ojos ante la posibilidad de revivir sus tardes de ocio con los amigos cuando eran universitarios y llenaban las mesas de las tiendas cercanas a las aulas.



Por el otro lado Miguel Ángel Rojas y Regina Silveira me atraparon mucho más con dos puestas en escena más poéticas que las anteriores. Por ejemplo mirar al cielo ante la escalera de Rojas me generó una sensación de vacío ante la posibilidad del progreso. Hubiera hecho más evidente la laminilla de oro ya que no brillaba del todo. Y el video de Silveira era contemplativo, poético y nostálgico. Tal vez proyectado demasiado convencionalmente para las enormes posibilidades que brindaba el espacio.



Esa fue otra tarde más de un sábado de mi vida. Siento que es una galería que se ha vuelto intocable por los pesos pesados que maneja. Sin embargo temo que ante la comodidad de hacer parte de este grupo, los artistas se queden en propuestas un tanto flojas. Al parecer ya no piensan en el delirio del fracaso o en la enorme responsabilidad de continuar con un proyecto que ya no lo argumenta solamente la novedad y el riesgo.
Hay que llevar las cosas al límite siempre. No perder la capacidad de asombrarse y asombrar.

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